Viajes por lugares

SUDAFRICA

Día Extra: Ciudad del Cabo – Cabo Buena Esperanza.

Reservamos plaza con una agencia para que nos lleve al Cabo de Buena Esperanza. Lo ideal es traer el carnet de conducir nuestro, que aunque no es internacional, no suelen poner pegas, y coger un coche de alquiler para ir a esa zona, ya que sale mucho más barato. El tráfico no es abundante, y aunque se conduce al revés, se puede ir tranquilo hasta allí. Nosotros no trajimos el carnet (no lo sabíamos) y cogimos a través de una agencia, que aunque es caro, también da de sí, ya que hace una ruta completa parando en varios sitios.
Foto aerea zona Cabo Buena Esperanza.

Con la agencia paramos en una granja de avestruces, y a eso de dos horas en plan tranquilo, llegamos a la zona del Cabo de Buena Esperanza.
Granja de Avestruces


Historia Cabo de Buena Esperanza

El 12 de Agosto de 1486 el famoso marino, nombrado Bartolomé Díaz, fue confiado al mando de tres buques, que salieron del puerto de Lisboa saludados por una inmensa multitud.

Dos de estos buques eran de cincuenta toneladas, y en uno de ellos iba Díaz, como jefe de la expedición, y en el otro comandaba Juan Infante, célebre marino del rey. En la tercera embarcación, que era más pequeña, iban los bastimentos.

La navegación se presentó feliz: antes de una semana llegaron a Tenerife, donde hicieron agua; pasaron sin contratiempo el terrible cabo Bojador, y el día 21 de septiembre se encontraron con el sol sobre la línea equinoccial.

Bartolomé Díaz no quiso, como sus predecesores, navegar con las costas a la vista, sino que engolfóse mar adentro a pesar de las protestas de la tripulación, que por un lado temía extraviarse, y por otro deseaba observar las rarezas de aquellos países; pero el capitán los consolaba diciéndoles que todo aquello lo habían ya visto otros portugueses, y que cuando alcanzasen tierras a que nadie hubiera llegado, ya navegarían al cabotaje, y verían cosas dignas de ser contadas, siquiera por lo nuevas.
Placa conmemorativa Faro Cape Point

Un mes después anclaron en la embocadura del río Zairo, último país visitado por los europeos.

Allí envió Díaz a unos negros del reino de Benín, que lo acompañaban como intérpretes, a que se entendieran con los habitantes del Congo, y supo por éstos que sus ideas sobre el límite del África no carecían de fundamento.

Levaron anclas, por consiguiente, más entusiasmados que nunca, y en pocos días corrieron otras ciento veinte leguas, tomando fondo casi dos grados al sur del trópico de Capricornio, es decir, fuera de la zona tórrida, en la embocadura de un río que nombraron de los Elefantes por los muchos que vieron en sus orillas.

El comandante saltó entonces a tierra con un marino a quien quería mucho, y que no era otro que Bartolomé Colón, hermano del célebre Cristóbal (que ya recorría la Europa mendigando cuatro tablas y un lienzo a cambio de un mundo), y habiendo subido las márgenes del citado río, encontraron media docena de salvajes, negros, desnudos, feísimos, y de más de siete pies de altura, los cuales bogaban tranquilamente en el tronco de un árbol ahuecado al fuego, comiéndose un hipopótamo.
Faro del Cape Point

Luego que se calmó la mutua sorpresa de aquellos hombres tan distintos entre sí, preguntárosles los dos Bartolomé, por medio de los negros que tomaron en el Congo, quiénes eran; a lo que contestaron que eran los kuakua.

Estaban en el país de los hotentotes.

Aquellos gigantes (no tan corpulentos como se los supone) eran tan estúpidos que casi no tenían memoria, desconocían el pudor y hasta carecían de idioma, expresando sus sentimientos con gestos, señas y aullidos; pero así y todo se consideraban mucho más civilizados que otra nación que dijeron hallarse al Mediodía, compuesta de hombres que vivían en los bosques como las fieras; por lo que los portugueses los llamaron bosgemanes.

El clima era templado, y cuando llegaron allá los portugueses, que fue a mediados de octubre, concluía el invierno.

Después de descansar algunos días, levaron anclas los atrevidos aventureros y dirigieron las proas al polo meridional.

Pronto perdieron de vista la tierra... ¡Quizás había terminado ya la costa occidental de África!...

Viran a babor para cerciorarse, y el mar los repele.

-¡Adelante! -exclama Díaz-; corramos algunas leguas más hacia el Sur.

Pero pronto se apoderan de los barcos unas corrientes tan impetuosas, que es en vano pensar en dominarlas.
Cabo de Buena Esperanza visto desde la zona de Cape Point

Arrastrados, arrebatados, girando en diversas direcciones, ya avanzando hacia el Mediodía, ya hacia el Oriente, pasaron tres días y tres noches.

La tripulación, espantada, cree que ha llegado la hora de que Portugal purgue su atrevimiento de un siglo, y que el Océano va a vengarse de cuantos secretos le habían arrancado aquellos impertérritos nautas.

Al fin, una mañana, el viento y las olas los arrojaron en una bahía baja y arenosa, que denominaron de las Vacas por las muchas que allí vieron.

¡Habían doblado el Cabo tan deseado! ¡Habían encontrado el límite del África! Pero lo ignoraban todavía.

Continuaron, pues, caminando al Este, siguiendo la inclinación de la costa, y temiendo a cada momento que ésta se dirigiese de nuevo al Sur, como aconteció en el golfo de Guinea.

Así llegaron a Lagoa.

Allí se sublevó la tripulación, pidiendo a Díaz que se volviese, pues el barco de las provisiones se había perdido, y ya se encontraban a más de mil ochocientas leguas de la patria; pero Díaz obtuvo que le dejasen correr otras veinticinco leguas más, prometiendo que, si en aquel espacio no se inclinaba la tierra hacia el Norte, daría por terminada la expedición y regresaría a Lisboa.

Pocas horas después, la costa de África se presentó a los ojos de los portugueses tendida hacia el Norte en toda la extensión que alcanzaba la vista.

-¡Compañeros! -gritó el comandante-: ¡hemos triunfado! ¡Hace tres días que doblamos el último cabo de África!... ¡A Portugal! ¡A Portugal!.

Y recordando que en aquel cabo estuvieron tan expuestos a perecer, llamáronle desde luego el cabo Tormentorio.

Arribaron entonces a una pequeña isla, que denominaron de Santa Cruz, situada en la frente de Cafrería; y reparadas las averías de las naves, y hechas algunas provisiones, levaron anclas, volvieron las proas hacia el camino que habían traído, y emprendieron la vuelta a Portugal, adonde llegaron en diciembre de 1487, diecisiete meses y medio después de su partida.

Inexplicable fue el júbilo del rey, de la corte y de toda la nación al saber la fausta noticia de que se había encontrado el fin de África; y como dijera Díaz que había llamado Cabo de las Tormentas a aquel promontorio tan deseado, «No quiera Dios -replicó el monarca- que conserve un nombre de tan mal agüero. Que se le llame CABO DE BUENA ESPERANZA».

Y dijo esto por la que abrigaba de llegar a la India por aquel camino.
Punto del Cabo de Buena Esperanza

Fuente: http://es.wikisource.org/wiki/Descubrimiento_y_paso_del_cabo_de_Buena_Esperanza

En esta zona llegamos primero al Faro donde está el Cape Point, y después bajamos a la orilla del mar donde está el famoso letrero del Cabo de Buena Esperanza. La zona es preciosa y merece la pena venir hasta aquí.

Continuamos la ruta hasta una colonia de pingüinos. Para verlos hay que pagar. No entramos, así que no sabemos si merece la pena. Sacamos la foto a un pingüino que estaba “escapado”.

Posteriormente pasamos por Simon Town, pequeño pueblo costero que se ha convertido en zona residencial de los ricachones de Ciudad del Cabo. Bonito.

Después llegamos a Ciudad del Cabo, donde vamos a parar a Long Street, donde hay unas casas típicas muy bonitos y hay muy buen ambiente.
Colonia de pingüinos. Pingüino hechando la siesta.


Consejos Ciudad del Cabo

1: Es conveniente retirarse de las calles cuando ya ha anochecido, ya que a esas horas es poco segura.
2: Conviene dejar el pasaporte y dinero en la caja fuerte de la habitación del hotel.
3: Coger taxis que tengan taxímetro, son conocidos como Rikkis. Si no, negociar antes de montar.
4: En los supermercados podremos comprar el enchufe típico de Sudáfrica. No comprar en las tiendas especializadas de viajes, ya que son mucho más caros.
5: El Citytour es aconsejable, ya que es completo y bonito.